La llamada del espejo


Cuando David encontró aquel antiguo espejo en el ático de su abuela, pensó que era un objeto más entre el polvo y los recuerdos olvidados. El marco de madera estaba tallado con símbolos extraños, y el cristal tenía un brillo peculiar, como si reflejara algo más que la simple imagen de quien se parara frente a él.

Lo bajó a su habitación sin pensarlo mucho. Al principio, era solo un espejo. Pero con los días, David notó algo extraño: su reflejo no siempre imitaba sus movimientos. A veces parpadeaba cuando él no lo hacía. Otras, sonreía levemente, aunque su rostro seguía impasible. Se dijo a sí mismo que solo era imaginación, pero cada noche la sensación de que algo lo observaba desde el otro lado del vidrio se volvía más intensa.

Las primeras noches, los susurros eran casi imperceptibles. Se convenció de que eran ruidos de la casa vieja. Sin embargo, con el tiempo, las voces se hicieron más claras, pronunciando su nombre con un eco hueco y burlón. "David… déjame salir", decía una voz idéntica a la suya, pero con una tonalidad distorsionada.

Intentó ignorarlo, pero cada vez que se miraba en el espejo, algo en la imagen le resultaba menos familiar. Sus ojos parecían más oscuros, su piel más pálida, su reflejo más… ajeno. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando su reflejo le dirigió un guiño malicioso.

Una noche, desesperado, cubrió el espejo con una sábana, pero los susurros no cesaron. Al contrario, se intensificaron. "Solo mírame una vez más", insistía la voz. Como hipnotizado, retiró la sábana y se enfrentó a su reflejo.

Fue lo último que hizo en su mundo.

Cuando despertó, todo parecía normal, pero un extraño peso oprimía su pecho. Se levantó de la cama y miró alrededor. Todo en su habitación seguía igual… hasta que vio el espejo. Allí, atrapado al otro lado del vidrio, estaba él mismo, con los ojos desorbitados, golpeando el cristal con desesperación. En su habitación, en el mundo real, su reflejo sonrió con satisfacción antes de alejarse.

David gritó, suplicó, pero nadie podía escucharlo. Solo podía observar cómo su otro yo tomaba su vida, usaba su voz y caminaba con su cuerpo.

Desde entonces, cada noche, cuando la luna brilla en el cristal, David susurra desde el otro lado: "Déjame salir…".

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